Salud de pareja: ¿romper la pareja por una infidelidad?
Todos hemos sido infieles como mínimo una vez, o al menos sería lo deseable. Ese primer gran amor que tuvimos que traicionar es el amor materno. Bien sabemos lo que les cuesta a algunas madres separarse de sus hijos, dejarles volar desde el nido hacia el mundo, y cuántas dificultades en el crecimiento de un sujeto dependen de la persistencia de un amor exagerado a su madre.
Ahí, en esa primera infidelidad, tenemos la oportunidad de aprender que el otro semejante, ese objeto que hemos rodeado con nuestra libido, al que amamos, no es nuestro, no nos pertenece. Decide libremente compartir algún tiempo de su vida con nosotros y nosotros decidimos libremente compartir un tiempo de nuestra vida con él o ella, pero su tiempo sigue siendo suyo, no es nuestro.
¿Qué es ser infiel?
Tener relaciones con un tercero fuera de la pareja puede no constituir una infidelidad, si con eso no molesto a mi partenaire. Y si lo molesto, si he puesto en peligro la relación, entonces es un síntoma, requiere ser interpretado por un psicoanalista.
¿Para qué se produjo? Y una vez producido el encuentro ¿Por qué se lo hice saber al otro? ¿Quería acaso romper la relación? ¿Existe alguna problemática sexual no resulta en la pareja que me lleva a buscar la satisfacción en otro lugar? O simplemente, mi deseo, que nunca se colma en un sólo objeto, como todo deseo humano, me llevó a encontrarme con un tercero y después, en un ataque de moral y de culpa, se lo tuve que contar a mi pareja.
Frente a una situación donde un tercero se cruza, antes de romper, hay que consultar, no hay que darle un rápido sentido a eso, para cada pareja tiene un sentido diferente. Si se ha hecho un trabajo durante años para estar junto al otro, tirarlo todo por la borda sin hablar, no es lo recomendable, tampoco permanecer al lado del otro cuando la relación ya está muerta hace años, por temor a la soledad, por compasión, por piedad, por venganza. Mejor saber y decidir sin el sometimiento a viejas ideas, a la ideología familiar, a las convenciones sociales.
Mi padre es médico y psicoanalista, desde muy pequeña oía hablar en la mesa de diagnósticos, curaciones y tratamientos que a mí me parecían extraordinarios y casi milagrosos. El amor y la pasión con que se hablaba en aquella casa de la Medicina y del Psicoanálisis, me llevaron a estudiar la carrera de Medicina, donde comprobé por mí misma que en las Facultades de esta disciplina, no se le da al psiquismo la importancia que merece, y que el fracaso de muchos tratamientos médicos se produce por no incluir lo psíquico.
Ya amaba la Medicina cuando ingresé en la facultad, pero me iba enamorando cada vez más de ella con el transcurso de los años. En segundo de Medicina, empecé a estudiar Psicoanálisis y me especialicé primero en Medicina Interna, y después en Medicina Psicosomática o en como ciertos conflictos, angustias y tristezas, terminan enfermando el cuerpo. Había conseguido así unir dos de mis amores: El Psicoanálisis y La Medicina.




