Niños y adolescentes: cuándo y por qué pedir ayuda
En anteriores artículos hemos abordado el tema de la vejez y algunas claves significativas que faciliten a los mayores el afrontamiento activo y gratificante de esta etapa, sin duda rica en estímulos y potencialidades, aunque diferente a las anteriores, como ocurre en cualquier aspecto de la vida de una persona. Casi siempre esta sección ha girado en torno a la reflexión sobre cuestiones que nos atañen más o menos a las personas adultas, y así, abordamos la depresión, el estrés, la identidad personal, la soledad o los sueños. Pero nunca me referí a los más pequeños y jóvenes, a los conflictos propios de estas etapas evolutivas, complejas, llenas de retos, de dudas y angustias, no sólo para ellos mismos sino también para las personas que los rodean y los cuidan, para aquellos que más los quieren y se preocupan por su bienestar, su adecuada educación y por el propio papel que como padres o abuelos o hermanos o maestros, desempeñan en su desarrollo. Todas estas cuestiones fueron tratadas en el último programa de radio, y hoy, para sistematizar las conclusiones más relevantes a las que llegamos allí entre todas y saldar una deuda de la que podéis sentiros acreedoras con razón, dedico estas líneas a cada pequeño de cada casa y a cada adolescente anhelante de madurez y, al tiempo, sorprendido por la misma, aunque es a vosotras, a las madres y cuidadoras de estos, a quienes se dirigen fundamentalmente estas aportaciones desde la psicología.
Es muy frecuente que cuando nos encontramos con conflictos en la casa que no podemos manejar y nos desbordan, cuando las situaciones cotidianas y los problemas derivados de la crianza de los hijos pareciera que se nos van de las manos, los padres sintamos ciertas reticencias a pedir ayuda pues nos asalta la culpabilidad, la sensación de fracaso, la incertidumbre sobre la conveniencia o no de ponerse en contacto con un profesional, la angustia por el estigma social que parece todavía girar en torno a las visitas a los psicólogos. Y todo esto es natural y hasta cierto punto lógico, pues no disponemos siempre de toda la información necesaria para afrontarlo de otro modo. Veamos pues, qué ocurre en la consulta de un terapeuta infantil para desmitificar todos estos aspectos.
Los problemas y urgencias que más frecuentemente nos encontramos los psicólogos en las consultas infantiles suelen estar relacionados con cada etapa del desarrollo evolutivo del niño. Por ejemplo, en los primeros años de vida, las consultas giran fundamentalmente en torno a temas como las relaciones de apego (confianza, desconfianza), el desarrollo de la independencia, el control de esfínteres, las pautas más adecuadas en cuanto a la alimentación y el sueño; mientras que, una vez que comienza la escolarización de los niños, desde los 3 a los 6 años, los motivos principales se vinculan con el aprendizaje, al desarrollo moral, las dificultades de adaptación a la escuela, los problemas de relación con la familia o con los compañeros.
A medida que nos acercamos a la preadolescencia, comenzamos a ver cada vez más problemas relacionados con sentimientos de inferioridad e inseguridad, el autocontrol, la resistencia a la frustración… y un poco más adelante, trastornos de la alimentacióno consumo de sustancias. No obstante, a cualquier edad podemos encontrarnos con problemas como el déficit de atención y la hiperactividad, fobia a la escuela, malos tratos, abusos sexuales, duelo por la muerte de un ser querido o por separación de los padres, etc. siendo los más frecuentes las dificultades de aprendizaje, los conflictos con padres, maestros y compañeros y los cambios en la escuela.
Independientemente del tipo de terapia que se elija, el proceso consiste, básicamente, en dotar al niño y a sus allegados de las habilidades necesarias para afrontar el problema concreto por el que se acude a terapia. Es muy frecuente cuando hablamos de niños, que la terapia acabe derivando en una terapia familiar. Se trata de averiguar qué preocupa a los padres o cuidadores del comportamiento del niño, si todas las partes concuerdan en las mismas apreciaciones o no, o incluso si discrepan de la propia versión del niño.
Se utilizan técnicas apropiadas para la edad, fundamentalmente dibujos, juegos, historietas, cuentos, fantasías guiadas, técnicas de relajación… (para valorar el estado de ánimo del niño, sus temores, si estos temores son naturales y propios del estado evolutivo en el que se encuentra o son temores aprendidos de los adultos...); y las sesiones suelen ser más cortas de lo habitual para facilitar que mantengan la atención y la motivación y evitar la fatiga, aunque tanto la duración como la frecuencia de las sesiones variará en función del problema por el que se acude a consulta. Se realiza un trabajo intenso con la familia, si está dispuesta a ello, para explorar la manera en que ellos mismos han intentado dar solución a los problemas y qué se ha hecho adecuadamente para seguir reforzándolo, en qué se ha fallado y cómo se puede mejorar. Por tanto, la colaboración estrechísima de la familia es un asunto fundamental en desarrollo adecuado de una terapia infantil y hay que insistir mucho en esto. El niño no trabaja exclusivamente con el terapeuta, aunque también es importante aclarar que no son los padres los que acuden a terapia y que, si alguno de ellos o ambos la necesitaran, su tratamiento se debe realizar en un espacio distinto al del niño, este ha de tener su propio espacio de intimidad donde poder expresarse. En cualquier caso, los padres deben implicarse al máximo en esta tarea porque en una parte muy importante su éxito dependerá de las habilidades que ellos adquieran para ayudar a sus hijos del mejor modo posible. Por ejemplo, si estamos trabajando con un niño con síntomas depresivos, los padres deberán hacerse cargo de intensificar las actividades que le resulten agradables, asegurarse de que está acompañado, elogiar lo que hace bien, ayudarle con las tareas del cole, etc. Paralelamente, se trabajará con el niño en la consulta a través de las técnicas más pertinentes, por ejemplo, desensibilización sistemática, refuerzo de la autoestima, relajación, autocontrol, etc.
Aunque la mayoría de los problemas infantiles se abordan muy bien con procedimientos psicológicos, en algunos casos es necesario el uso de fármacos, como por ejemplo en casos de hiperactividad neurológica o en casos extremos de ansiedad. Entonces la medicación puede ayudar enormemente a la terapia psicológica, aunque es importante tener en cuenta que no resuelve por sí sola todos los problemas y no caer en la tentación de abandonar la terapia cuando se observa que los síntomas más evidentes han desaparecido o se han atenuado.
Elsa García León es licenciada en Psicología por la UCM. Ha centrado la mayor parte de su formación y experiencia profesional en el ámbito educativo y psicopedagógico, especializándose en la atención de personas con algún tipo de discapacidad y con dificultades y problemas de aprendizaje.



