El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo dependen de decisiones humanas contractuales, relativas e históricas MICHAEL ONFRAY
Llamamos infidelidad al incumplimiento, entre los miembros de una pareja, de un contrato, implícito o explícito, de exclusividad. Llamamos infiel a aquel que no actúa según los pactos establecidos o quiebra los compromisos adquiridos. Visto en “clave sexual” la infidelidad es la ruptura de la restricción de circunscribir el contacto sexual o amoroso a una sola persona, según lo acordado.
Existen muchas razones por las que las personas rompemos nuestros contratos. Seguramente tantas razones como personas. Pero, generalmente, suelen indicar un deseo interno de cambio. Cuando algo en mi vida o relación no marcha bien, la infidelidad puede convertirse en el desencadenante del cambio y pone de manifiesto en la relación aquella insatisfacción que siento, mi miedo al compromiso, mi ganas de romperla, mi necesidad de novedad o la falta de aquello que nos unió... Sea como sea, cuando una pareja se enfrenta a una infidelidad, lo que está claro es que la relación nunca vuelve a lo de antes y no sólo porque pongamos sobre la mesa la necesidad de que algo ha de cambiar sino porque implica secreto, decepción, inseguridad, traición y su consiguiente merma de confianza. Y si existe algo indiscutible en los contratos de las relaciones de pareja es la confianza y, en muchas ocasiones, no reparamos en ella hasta que se esfuma y su pérdida es dolorosa y difícil de superar.