La invención del jabón en el siglo XIX y los avances médicos y de higiene hicieron que fuese desapareciendo un mueble: el tocador. Los orígenes del tocador, "mueble de la belleza" por excelencia, se remontan como mínimo a la civilización egipcia. Sin embargo, fue la nobleza francesa de mediados del siglo XVIII la que llevó el ritual social de la toilette a su máxima expresión. Los tocadores se convirtieron en auténticas obras de arte y muebles principales del dormitorio al servicio del lujo de la corte de Luis XV y de su amante oficial más famosa, Madame Pompadour.

A España, en cambio, no llegó esta influencia francesa. Las relaciones comerciales de la nobleza catalana con Londres hicieron que el modelo anglosajón prevaleciera sobre el francés hasta bien entrado el siglo XIX. Con la industrialización, el mueble empezó a introducirse en las casas de las clases medias, por lo que no es extraño que aún hoy muchos conserven la imagen de infancia del tocador de la abuela o de la madre.

Su gran valor como objeto de representación social se debe sobre todo a que los tocadores eran los depósitos de las joyas de las esposas, a menudo simples usufructuarias de los abalorios, propiedad de sus maridos. De ahí que aunque existen piezas diseñadas para hombres, como la barbera que también se muestra en la exposición, este mueble fuera una pieza genuinamente femenina.
